Si el Zen es en primer lugar un acontecimiento o una experiencia, no es una experiencia cualquiera. Este acontecimiento debe provocar un salto práctico y comprobable. Este salto debe conducirnos de lo conocido a lo desconocido, y con ello no se está sugiriendo mundos paralelos o sutiles exclusivamente, sino, ante todo, entendiendo ese “desconocido” como algo no vivido con anterioridad o algo no pensado aún. Este tipo de acontecimiento debería de producir un cambio en nosotros que nos invitar a cuestionar, suspender, diluir o disolver nuestras maneras habituales de percibir las cosas, nuestro mundo, el mundo, la realidad percibida, para así rescatar, restaurar, formular la viveza de lo experimentado o vivido y así designarlo de nuevo con frescura; traduciendo eso vivido, de lo que parece parecido, de manera diferente.
El Zen es pues una re-visión, re-lectura de toda versión convencional del mundo e incluso de uno mismo. El Zen y la vida son en este sentido absolutamente lo mismo, una oscilación nunca paralizada, una vacilación nunca resuelta, entre lo convencional y lo intempestivo; entre lo-nuevo-que-envejece y lo-vivo-que-rejuvenece; el Zen así visto o considerado recicla lo que parecía vetusto y descartable. Este Zen es verdaderamente ecológico.
En todo este periplo, el Zen pone el cuerpo como el territorio fundamental de la experiencia. Por eso ese instante cultivado se da y se puede dar en cualquier actividad que realicemos, por pequeña o grande que sea; por importante o sin sentido que sea. Por esta razón para el Zen cualquier aspiración a que pase algo grandioso, serio o interno en nuestra vida, no es otra cosa que una ilusión. Y lo es porque TODO EL TIEMPO ESTA PASANDO eso. La reconciliación con uno mismo, para el Zen, está a nuestra disposición en todo momento, mientras tengamos un cuerpo, claro está.
Esa fantasía romántica de unidad que nos marque, no es otra cosa que la prueba fehaciente de nuestra división interna. Tal vez por eso para el Zen al zambullirnos en la inmediatez podrá llegar el momento en que nos percatemos que no teníamos razón de estar ansiosos por llegar a ser lo que ya somos.
Entonces sí queremos hablar de Zen como experiencia-acontecimiento habrá que hacerlo ante todo, por y del cuerpo. Pongamos las cartas sobre la mesa de una vez y por todas: cada vez que practicamos desarrollar nuestra atención, no podemos evitar darnos cuenta de algo absolutamente obvio, el cuerpo ya esta allí antes de que nos diéramos cuenta de la situación. En otras palabras, la mente se percata más tarde de un hecho que ya estaba ahí. Todas y todos hemos vivido esa experiencia, es muy natural y es muy humana.
Para Dogen este cuerpo es un sistema que designa cada instante de nuestra vida y remite, a su vez, a cada uno de esos instantes. Seguramente por ello Dogen dijo alguna vez, “el despertar comienza con el cuerpo”. Si entendemos esta frase podemos claramente entender por qué razón el maestro Zen Nansen le contestó a Joshu “la vida cotidiana es el Dao” la cotidianidad vivida con este cuerpo es considerada por el Zen como todo el Camino, lo que equivale a decir que es la única Vía posible.
Con esto en mente, las frases Zen de “somos nuestra vida; nuestra vida es lo que somos en/con el cuerpo” toman una dimensión más clara. “La práctica, entrenamiento por el cuerpo, es lo que despierta la sabiduría del ser entero”.
Este énfasis práctico que nunca pasa a lo invisible e imperceptible, es lo que hace que el Zen sea practicado con ahínco o bien, descartado como algo profundamente no espiritual. Este situarnos aquí donde esta este cuerpo nuestro ahora es esa manifestación corporal inmediata de cada uno y cada una de nosotras.
Este nuestro cuerpo, en el Zen, es medio y mensajero; escenario y escenificación de la vida. Es la materia (física, corporal) predicando a la mente para que esta aprenda a plegarse a las sutiles incitaciones de la vida. Así es como, en el Zen, el cuerpo alumbra la memoria de la existencia. Al menos intentar alcanzar, lo naciente.
El Zen no es otra cosa que una tarea de remontar, cada vez, la experiencia, que por definición es algo inédito y fugaz. Porque lo vivaz nunca se repite. Así, en el Zen, la experiencia-acontecimiento mismo es una práctica que requiere ejercitarse, con este cuerpo.
Parecería extraño señalar que la práctica REPETIDA sirve para transformar la experiencia en constante novedad. Pero así es, es una porosidad experiencial.
Por un lado, el Zen hace lo siguiente: cultiva el instante de la experiencia, lo atiende y luego, en ocasiones, lo transforma en relato. De este modo toda experiencia convoca y provoca un narrar, un decir.
Por esta razón no hay paradoja o no hay conflicto al disponer de teorías acerca del Zen, lo que el Zen nos capacita hacer el destilar pensamiento, esto nos ayudará a descubrir otros argumentos, otros puntos de vista, otros conocimientos, otras hermenéuticas, desterrando en lo posible la toxicidad de frases o ideas que repetimos por imposición ajena o por puro hábito. Por norma, en occidente, presentamos pensamientos de la abstracción, y dejamos más a un lado un pensar que arranque de un estilo de vida. El primero se apoya más en sistemas abstractos -dogmas religiosos, metafísica, etc.- que buscan alcanzar la manera de sistemas ordenados de proposiciones, ideologías afines, adhesiones, membresías o afiliaciones a postulados que incluyen reglas de validación, que implican por lo general, reconocimiento de una autoridad o jerarquías de control. Dentro de estos sistemas uno busca ser validado y no necesariamente se espera que cambie su vida. El segundo es sólo otra manera de pensar cuyo centro de atención está en acontecimientos capaces de provocar o facilitar la elaboración de lenguajes distintos. Este segundo sistema parte de la vida corriente, compartida, sociológicamente observable, de todo ser humano común. No busca plantear o configurar un sistema completo y exhaustivo que todo lo justifique. Todas sus afinidades son electivas, sin estructuración de acuerdo con el lineamiento de una institución jerárquica. Aquí la vida es el camino. En síntesis, esta es la búsqueda de un saber-de-la-experiencia que pretende engendrar una conciencia distinta de las cosas, que el seguidor constata en él mismo y de la que se aprovecha para desarrollar un distinto pensar. El Zen prefiere la cercanía de este segundo sistema, SIN permanecer indiferente al primero. Por eso NUNCA evita la teoría, sólo que toma el camino donde la escolastización no es su meta. Tal vez nos preguntemos ¿por qué hace esto el Zen? Y la respuesta sería porque considera que el pensamiento explicitado es parte de lo ya dicho, por lo que prefiere expresar algo todavía no pensado.
Esta es la muy mencionada migración del Zen de lo ya dicho hacia algo que queda por decir. Entonces, el Zen, no sólo se ciñe a un salto hacia algo, el Zen sala, se zambulle en la inmediatez y se busca hacer salto, ser salto hasta integrarse en el agua de los acontecimientos. No se trata de una experiencia puramente mental.
El Zen es pues un entrenamiento por el cuerpo, que despierta la sabiduría del ser entero. El cuerpo marca la contigüidad y la continuidad que definen la condición humana, induciendo un nuevo discurso sobre la existencia personal. Ofrece una conciencia expandida del cuerpo que siempre es provisoria, no permanece. Conteniendo el riesgo de una progresiva disolución. Por ello buscará siempre validarse o revalidarse cada momento o cada día en “la práctica”.
De esta manera para el Zen la vida es una representación localizada en cada persona. Y el protagonista de dicha obra ES el cuerpo. Este cuerpo es lo predominante ya que se asienta en la inmediatez de lo material, es el soporte físico que proporciona emplazamiento y escena de nuestro ciclo vital.
Si te toman tus signos vitales sólo pueden hacerlo en el presente, y con esto se aseguran que tu actuación personal dura y se prolonga, aún. El cuerpo ES protagonista. Por supuesto que la mente es importante ya que permite producir una conciencia refleja de lo que el cuerpo vive pasivamente en el escenario existencial. Pero recordemos que para el Zen cuando la mente quiere producir realidad, lo que fabrica es precisamente lo contrario: crea la confusión de quien mira el mundo al revés de cómo sería realmente (porque extiende certificados de representación).
Para el Zen el cuerpo es lo único que de una persona vive. Y la mente advierte la vida, la dice, o la desdice, a veces la afirma, frecuentemente la niega, la tergiversa, la confunde.
Dogen insiste en decir que el cuerpo ignora, a menudo, su condición de inevitable protagonista, y se deja manipular por una mente considerada como central y sustancial, que lo intenta todo con tal de situarlo erróneamente en el lugar antagonista. Con esto Dogen nos dice que la mente asume un protagonismo que sólo consigue sostener al precio de distorsionar la condición de la persona. Recordemos que la persona es por naturaleza sin-sustancia, por ello es que, para el Zen, toda vida es anterior a cualquier saber. Pero cuando la mente-conciencia reflejo del ser humano en algún asunto toma riendas abusivamente, se manifiesta con retraso, sin saber que el cuerpo ya vivió algo que la razón pura ahora intenta, a destiempo, representar.
Le corresponderá a la palabra inclinar la balanza ya sea hacia el protagonismo del cuerpo o de la mente. Para Dogen, al referirse a un ser humano, lo sustenta en tres pilares: cuerpo biológico, mente y lenguaje. La concordia entre ellos, se dice que siempre es dinámica. Por ejemplo, la meditación sentada: el cuerpo ahí sentado parece un barco; este barco navega, oscila en su suave respiración. Gracias al cuerpo, navegar es estar ya en la otra orilla. Cuerpo que camina, cuerpo en movimiento balanceado. Es en el organismo biológico donde reside lo vivo, sólo en contacto con eso vivo puede la persona reconocer el renacimiento constante de la vida, de su vida, logrando expresarla con palabras capaces de convencerse a sí mismo, y acaso a los demás. Uno sabe que está vivo al descubrir que respira, y si lo pensamos bien, la respiración sólo tiene un objeto, su continua y renovada recreación.
Cuando uno experimenta o vive algo, esto precede a pensarlo. Pero nosotros estamos habituados a pensar lo que no se ha vivido, sino sólo especularlo y esto nos condena a un raciocinio hueco o a vana fantasía. Limita y distrae del flujo de lo humano.
¿Cuándo es que lo pensado se vuelve humano? Cuando adquiere palabras que le permitan rimar con la vida que convoca o evoca. En el Zen lo genuinamente humano se manifiesta antes que nada en lo biológico (tu respiración, tu digestión, tus evacuaciones, tu reproducción, tus secreciones), esto biológico acerca lo humano a lo animal y busca trascenderlo. Pero hay que tener en cuenta algo muy importante al respecto: sólo cuando en una persona lo corporal esta debidamente establecido y reconocido, sólo entonces lo biológico se siente en condiciones de autorizar la intervención o manifestación asombrosa de una razón que, ahora sí, se orienta hacia su progresiva humanización. Esta es entonces una razón donde lo especulativo no se separa ni un solo instante de lo emotivo. Esto nos permitirá acceder a la condición despierta. El cuerpo es así la vía de transmisión que la vida se otorga a fin de reunir, en una sola condición, lo extremadamente material con lo extremadamente sutil.
El cuerpo es para el Zen, de manera realista, belleza y fealdad; luz y sombra; atractivo y horror. Que yo esté relacionado con mi cuerpo, de ningún modo significa que yo lo posea. Nuestro cuerpo es perfecto y abyecto (deformidades, enfermedades, achaques, mortalidad). Ya se decía por ahí que no poseemos una comprensión inmediata de las acciones y reacciones de nuestro cuerpo, es decir, no lleva adherida una entretela de significación que le resulte propia. A veces, mi contacto con mi propio cuerpo, me priva, precisamente de cualquier sentido que yo pueda considerar unívoco. Por eso, toda tarea de aclaración de mi existencia tiene que ser reiterada, una y otra vez, como parte de mi responsabilidad ante la vida que el cuerpo (me) manifiesta, pero sin que forzosamente yo la entienda.
Es maravilloso saber que para Dogen, el cuerpo humano no sólo no es obstáculo para la realización de la persona, sino que, al contrario se transforma en vehículo de su realización. Cuerpo como receptor inevitable de la vida humana, así como ejecutor inevitable de lo humano. Dogen dijo “Este saco de piel contemplado como cuerpo en el momento presente es la totalidad del universo en las diez direcciones, puesto que constituye el cuerpo real”.
Es con este cuerpo que uno practica, entiende las cosas como son, experimenta la existencia cotidiana y consigue despertar.
Sin este cuerpo no podríamos experimentar la budeidad o la Gracia Divina. Es pues un instrumento que nos permite conectar con la realidad percibida. Para Dogen el cuerpo no constituía una unidad por el simple hecho de depender de muchos factores biológicos, mentales y ambientales. El cuerpo para Dogen era Mui Shi Nin u hombre lleno de atributos potenciales a especificar. Tampoco para Dogen el cuerpo era la suma de una colección de elementos separados, por eso dijo “no existe separación entre cuerpo, Alma y mundo”. En este cuerpo, no armónico, se anida lo mejor y lo peor de lo que podemos concebir o imaginar como propio de una persona. El cuerpo para Dogen es shibumi algo áspero y rudo; y tampoco es un cuerpo que tenga u otorgue una identidad clara, permanente y satisfactoria porque es wabi o erosionado y ruinoso sin dejar de ser sabi o sencillo, sin vueltas, tal como se lo ve. El maestro Zen Taisen Deshimaru dijo “debemos comprenderlo con el cuerpo”.
De manera mucho más profunda, el Zen, dice que la persona en realidad no es cuerpo, no es mente, no es cuerpo y mente, no es cuerpo o mente, porque persona es un modo genérico y esquivo de designar la experiencia inmanente y global de lo humano residente en un cuerpo.
Bibliografia:
Zen, A. Silva, Ed. Bajo la Luna 2012.
The Bodhisattva Warriors, Nagaboshi Tomio, WeiserBooks 1994.
Meditating Selflessly, James Austin, MIT Press 2011.


